
Tenía 10 años. Mi madre, en ese entonces escritora premiada por la Real Academia, dedicaba gran parte de sus noches a reuniones del ambiente literario. Aunque llegaba tarde, siempre buscaba la manera de esperarla despierta.
Una de la mejor forma de hacerlo era dejarle preparada su sopa preferida con una cartita, la misma sopita que su papá le preparaba de niña: sopa de ajo.
Amante del ajo desde pequeña, de adulta mi madre no escatimaba a la hora de comer ajo crudo picado fino sobre casi todos sus platos. O bien, cada mañana, se preparaba un ajo pisado crudo con miel y lo comía antes de su desayuno diario. Lo interesante es que nunca dejaba rastro; mi madre ni transpiraba ni olía a ajo.
Aunque me quedara dormida esperándola, sabía que me despertaría como resultado de la sorpresa.
Cuando me enseñó a hacerla recuerdo el foco y la atención de no perderme ningún ingrediente, detalle o paso. Como dijo ella "esta es la sopa más fácil" de hacer.
Las sopas pueden llegar a ser tus mejores amigas, tanto en nutrición como en agente natural de sanación y prevención de males. Pero ésta, más que sopa era un caldo preparado (obviamente) con ajos - tantos como quieras, en el caso de ella toneladas - bien salteaditos hasta lograr color dorado y notes que se hayan ablandado. Luego le agregaba agua, o caldo, con mucho cuidado y dejaba cocinar unos 20 minutos más. Si bien ella no usaba los ajos, los deshechaba, en mi opinión, los puedes licuar y volver a agregar a la sopa.
El ajo es un poderoso y natural antibacterial, y mejor amigo a la hora de fortalecer tu sistema de defensas. Conociendo sus propiedades este caldo debe ser uno de las más sanos para el sistema inmunológico y las vías respiratorias.
No son muchos los beneficiados con un sistema digestivo capaz de digerir ajo crudo, por eso también tienes varias de otras opciones para cocinarlo y disfrutarlo, como caramelizarlo en horno bajo con un poco de aceite extra virgen de oliva encima y sazonado a gusto.
Foto cortesía de Matt Klein


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