Vale todo. Al menos en la cocina. Al menos en "mi" cocina.

Crecí sin esquemas rígidos de recetas. Las recetas eran sólo "guías", la norma era romper los esquemas. La cocina en mi casa era el lugar más creativo y expresivo. Fue allí, que desde muy temprana edad comencé a darle rienda suelta a mi lado intuitivo y creativo.
"No sé cuánto lleva, es intuitivo", me decía mi mamá cuando le preguntaba cuánto de un ingrediente o de otro llevaba algo. "En la cocina, como en la vida, debes escuchar tu intuición".
Esta mañana, como en muchas otras ocasiones, recordé lo que ella me decía, cuando desperté con imágenes vívidas y emociones intensas de un sueño que casi se sintió real.
Así como me levanté, con los ojos a medio abrir y con el desayuno a medio preparar, sentí el impulso, la inspiración, y por qué no decir, la guía para hacer la base de este helado suculento, intenso y dramático de chocolate con toques de cayena, café y fleur de sel.
Luego de colocar la base del helado en la máquina para que se mezcle lentamente y con ritmo, lo que nació de allí fue un helado de fuego con toques dulces y amargos, un helado que hipnotizaba mis sentidos a la vez que los estimulaba.
¿La textura? Pura expresión de romance y terciopelo; lo que en el paladar se traduciría como la unión cremosa entre el dulce de leche y la nutella.

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